María Barbero

El mundial por María Barbero

Se dice que el pánico escénico es un tipo de miedo, un estado personal que reduce considerablemente la efectividad comunicacional. Lo sufre el alumno que debe exponer en el aula un trabajo acerca de las curiosidades espaciales, la folclórica de turno y hasta grandes actrices y actores de renombre. Sucede así también en otros ámbitos de la vida, tanto en lo personal como en lo profesional. No está exento el motociclismo.

Pilotos niños, jóvenes y adultos lo sufren. Los he visto. Pero si tratamos de reducir el círculo al género femenino, es desolador. Si eres una niña, o una joven piloto, sabes que en cada salida a pista serás juzgada. Observada. Criticarán tus colores, la forma de tu trenza, tu forma física. Sentirás como los ojos de los allí presentes se centran en tu trazada, te cronometran. Si se te ocurre adelantar a otro piloto reclamarán por cualquier cosa, porque es imposible, una mujer no puede competir contra un macho. Y mucho menos ganarle. Es una guerra animal. Las he visto. 

Las categorías inferiores, base de nuestro motociclismo en cualquier modalidad, son en realidad un filtro infalible con las pilotos. Amén de esos padres y madres que las acompañan, las guían, las ayudan, aconsejan, animan y consuelan. Porque siempre las acaban consolando. Sea cual sea el resultado, incluso si hay victoria. Hay que ser de una mezcla de hierro, de hormigón armado, acero al carbono, carburo de tungsteno para aguantarlo. Y las que lo aguantan, aquellas pilotos que resisten, que luchan, que se fortalecen con cada «mira ese niñita», «que torpe», «le ha adelantado por motor»… son pocas. Cuatro gatas. La verdad, deberían formar parte de una élite mundial, ser miembros de principales grupos de resistencia anti corrupción, anti violencia, anti hambre y en lucha por cualquier otra causa noble, pues sin dudarlo lo lograrían y este sería un mundo mejor. 

Pero no lo es porque ellas prefieren no hacer mucho ruido, no vaya a ser que se ponga el camino fácil para las que vienen después, y quién sabe si, en unos años, sería incluso posible ver una parrilla de MotoGP con 10 hombres y 10 mujeres. O en SBK. O en el Mundial de MX. Me conformaría con verlo en el FIM CEV, o en el ESBK. Pero no parece que eso vaya a ocurrir. 

Desde que me gustan las motos he observado como familias enteras se arruinaban por tratar de ver a sus pilotos llegar allí donde solo llegan quienes nacen en cuna de oro o estrella. Lesiones que tiraban por la borda años y años de sacrificio y esfuerzo. He visto cambiar las motos por los estudios, por las juergas y hasta por las drogas. Pero nunca he visto una piloto triunfar. Y no hablo de ganar, porque las he visto ganar, incluso en un mundial. Hablo de ser respetadas, de convertirse en referente, de iniciar un presente que sirva para el futuro de otras, de abrir puertas, derribar muros y celebrarlo con petardazos, goma quemada y banderas a cuadros. Y no lo veré mientras no exista una afición a la altura, que no se limiten a opinar desde el sofá, no lo veré mientras ellas no salgan a gritar, a contar la verdad. 

Pánico motoescénico. He ahí la cuestión. 

María Barbero